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A 10.000 kilómetros de La Alberca

Escrito por Mariano Lozano - Thursday, 17 December 200930 comentarios

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Cuando la actividad más sencilla se convierte en un acontecimiento de magnitud social es que hay algún ingrediente no habitual en el evento. En el caso que nos ocupa, la actividad sencilla consiste en quedar con unos amigos y preparar unas tapas para cenar. El ingrediente no habitual es hacerlo a 10.000 kilómetros de La Alberca.

Es mediodía pero hasta las 7 no estamos convocados al evento. Mi amigo me informa de que aún no ha recibido el jamón ibérico cum-laude ora pronovis procedente de la granja de Fermín, en La Alberca. Con la seguridad que da la experiencia de recibir jamones ibéricos con frecuencia, me tranquiliza y me dice que no me preocupe por ello. Me encarga mientras tanto la noble misión de proveer tintorro de categoría y pan “del bueno” para acompañar con honores la recepción.

Los caldos no fueron complicados de encontrar en tanto que los vinos españoles son tan apreciados en estas tierras como los chilenos, australianos, sudafricanos argentinos, italianos, neozelandeses e incluso norteamericanos. Así que cayeron un Protos, un Marqués de Cáceres y un Albariño por aquello de tener un blanco para contrastar y cambiar.

Lo difícil es comprar “pan del bueno”. Porque lo que se dice pan, pan… “del bueno”… poco. Cuando llegamos a la panadería del barrio (o French Bakery, como reza presuntuosamente su neón exterior) acababan de cerrar hacía dos minutos y el chaval que pululaba por los adentros del recinto nos dio a entender con su asiática mirada que su convenio no contemplaba la posibilidad de atender a deshoras. Así que estábamos jodidos. Unos panes rústicos del súper intentarían salvar la misión encomendada por el host de la fiesta.

La sonriente cara del host de la fiesta indicaba que el jamón había llegado convenientemente por lo que el asunto del pan pasó de hurtadillas sin hacer mucho ruido. Allí estaban las viandas: longaniza, salchichón, gran variedad de quesos del terruño y una magnífica pieza de hueva ahumada que su sola visión provocó el humedecimiento progresivo de mi superficie corneal.

Corrió el Protos y el Marqués detrás, parecía que tenían prisa los dos. El pan se hizo amigo del tomate y se casaron con el ajo y el aceite y todos recibieron en su regazo con júbilo y admiración a la preciada rodaja de jamón ibérico. Su preciosa estampa me evocó caminos y dehesas al abrigo de la Sierra de Francia, encinares y arroyos; recordé el esmero con el que pacientemente los maestros chacineros producen el mejor alimento del mundo, el alimento de los dioses, el jamón ibérico.

Los invitados cantamos, bailamos y reímos por mucho tiempo alrededor de Monseñor Jamón. Las comparsas hicieron lo propio y la almendra frita se emparejó con la hueva, el queso con el pan y las anchoas asustadas ante el desvarío se refugiaron inútilmente dentro de las aceitunas. La orgía ibérica culminó con unos canturreos a la salud de Asfalto, Seguridad Social y otros grupos en consonancia con las fechas de nacimiento que constan en nuestras Green Cards.

A 10.000 kilometros de La Alberca… A veces no es tan duro ser emigrante.

Feliz Navidad, nos leemos a la vuelta :)

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