El asombroso viaje de Pomponio Flato
por Eduardo Mendoza
Tras el disgusto de Abel Caballero pude acometer la lectura de este título al que tantas ganas tenía. Y no me ha decepcionado en absoluto. Quizás no es tan brillante como otros títulos suyos, El Misterio de la Cripta Embrujada o La aventura del tocador de señoras, pero por la originalidad del enfoque merece la pena su lectura, especialmente hoy, cuando hay saturación de novela histórica y tantos títulos que ya no sabes si los templarios eran romanos o Leonardo da Vinci era un conquistador español en tierras mayas.
Pomponio Flato era un ciudadano romano, al que podríamos catalogar como una mezcla entre De la Cuadra Salcedo y Jacques Cousteau. Este buen hombre viaja por tierras del Imperio buscando solución a un problema gástrico que le provoca la creación en sobremedida de gases intestinales, hasta el punto que su rápida expulsión del cuerpo le lleva a caer más de una vez de su caballo. Cuenta sin embargo con grandes poderes de observación, lo cual es aprovechado por un niño llamado Jesús para contratarle como detective y así investigar por qué su padre, el carpintero José, es acusado de asesinato de un rico comerciante. Como prueba de su poder de observación, me permito reproducir unos párrafos en los que analiza al pueblo judío:
Aunque su cultura es antigua y el país se encuentra en medio de grandes civilizaciones, los judíos siempre han vivido de espaldas a sus vecinos, hacia los que profesan una abierta inquina y a quienes atacarían de inmediato si no estuvieran en franca inferioridad de condiciones. Rudos, fieros, desconfiados, cerrados a la lógica, refractarios a cualquier influencia, andan enzarzados en perpetua guerra, a veces contra enemigos externos, otras entre sí y siempre contra Roma, pues, a diferencia de las demás provincias y reinos del Imperio, se niegan a aceptar la dominación romana y rechazan los beneficios que ésta comporta, a saber, la paz, la prosperidad y la justicia. Y esto no es por un sentimiento indomable de independencia, como ocurre con los bretones y otros bárbaros, sino por motivos estrictamente religiosos.
Por extraño y cicatero que parezca, los judíos creen en un solo dios, al que ellos llaman Yahvé. Antiguamente creían que este dios era superior a los dioses de otros pueblos, por lo que se lanzaban a las empresas militares más disparatadas, convencidos de que la protección de su divinidad les daría siempre la victoria. De este modo sufrieron cautiverio en Egipto y en Babilonia en repetidas ocasiones. Si estuvieran en su sano juicio, comprenderían la inutilidad del empeño y el error en que se funda, pero lejos de ello, han llegado al convencimiento de que su dios no sólo es el mejor, sino el único que existe. Como tal, no ha de imponer a ningún otro dios ni su fuerza ni su razón y, en consecuencia, obra según su capricho o, como dicen los judíos, según su sentido de la justicia, que es impacable con quienes creen en él, le adoran y le sirven, y muy laxo con quienes ignoran o niegan su existencia, le atacan y se burlan de él en sus barbas. Cada vez que la suerte les es contraria, o sea siempre, los judíos aducen que es Yahvé el que les ha castigado, bien por su impiedad, bien por haber ingringido leyes que él les dio. Estas leyes, en su origen, eran pocas y consuetudinarias: no matar, no robar, etcétera. Pero andando el tiempo, a su dios le entró una verdadera manía legislativa y en la actualidad el cuerpo jurídico constituye un galimatías tan inextricable y minucioso que es imposible no incurrir en falta continuamente. Debido a esto, los judíos andan siempre arrepintiéndose por lo que han hecho y por lo que harán, sin que esta actitud los haga menos irreflexivos a la hora de actuar, ni más honrados, ni menos contradictorios que el resto de los mortales. Sí son, comparados con otras gentes, más morigerados en sus costumbres. Rechazan muchos alimentos, reprueban el abuso del vino y las sustancias tóxicas y, por raro que suene, no son proclives a darse por el culo, ni siquiera entre amigos.
Hasta hace unos años, las cuatro partes de Palestina estuvieron unidas bajo un solo rey, hombre admirable y decidido partidario de Roma, pero a su muerte estallaron conflictos sucesorios y Augusto, para evitar enfrentamiento, dividió el país entre los tres hijos del difunto. Al que correspondió esta parte de Palestina se llama Antipas, pero al acceder al poder unió a su nombre el de su ilustre padre, por lo cual se hace llamar Herodes Antipas. Es, a juicio de mi informante, un individuo astuto, pero de carácter débil, por lo que se ve precisado a recurrir constantemente a las autoridades romanas para hacerse respetar por su pueblo. De este modo lo mantiene a raya, pero a costa de una impopularidad que va en aumento a medida que pasan los años. Con el pretexto más nimio podría producirse un levantamiento y, de hecho, raro es el mes en que no surge un foco de rebelión, como el que motivó la intervención de Liviano Malio y los legionarios en cuya compañía he viajado hasta ahora. Por fortuna, estos disturbios son aislados, efímeros y fáciles de sofocar, ya que es difícil que los judíos se pongan de acuerdo y unan sus esfuerzos. Los partidarios más acérrimos de la rebelión son los sacerdotes, que se dicen intérpretes de la palabra de Dios, pero su misma condición de sacerdotes los hace de natural holgazanes, acomodaticios y propensos a estar a bien con el poder. Aun así, caldean los ánimos con sus discursos y de cuando en cuando prometen la venida de un enviado de Dios que conducirá al pueblo judío a la victoria definitiva sobre sus enemigos ancestrales. Esta profecía, común a todos los pueblos bárbaros oprimidos, ha calado hondo en esta tierra levantisca, por lo que a menudo aparecen impostores que se arrogan el título de Mesías, como aquí llaman al presunto salvador de la patria. Con éstos Roma actúa de modo expeditivo.
Genial, ¿verdad? Sin ánimo de ofender ninguna creencia el texto es sublime viniendo de un romano de la época. Muy buen sabor de boca me ha dejado don Eduardo, el que me está malacostumbrando a ser un ferviente seguidor de sus obras.
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Mendoza, es uno de los pocos autores en español que me gusta. No creo que sea esos creidos megapijointelectuales que andan siempre haciendose la pelota unos a otros en el Babelia.
Terenci Moix se burlaba mucho de los escritores que escribian criticas los unos de los otros, hoy por ti, luego por mi.
¿Lees a Miguel Delibes? A mi me encantaba, sera por el terruño.
De Delibes leí El Camino y tengo en la recámara El Hereje, a ver si lo acometo en breve…
A mí también me encanta Mendoza. Tengo aún pendiente El caso Savolta.
El hereje lo tengo en mi mesa en casa de mi hermana en España y voy capitulo a capitulo cada verano :)
La verdad es que tiene muy buena pinta. Si lo veo por ahí le echo un ojo. ¡Ya te contaré!