Entiendo que el dinero sea una motivación importante para muchos a la hora de salir de España o quedarse definitivamente fuera. En nuestro caso, nada más lejos del dinero. Me ha hecho mucha gracia lo de pasar de bici a Mercedes para ir al trabajo; para nosotros calidad de vida es justo lo contrario, poder ir en bici al trabajo y no tener coche. Para mí, lo que vale la pena de estar fuera de España es la sensación de oportunidad. No la oportunidad de crear un CV mejor para volver, sino la certeza de que en otros sitios te valoran por lo que eres capaz de demostrar, que vas a tener la oportunidad de ser tú, de crecer, de descubrir. En España, cuanto más demuestras (a amigos, en el trabajo, en la familia), más puertas se te cierran, más odios te creas, más desconfianzas despiertas. Y cuanto más responsable eres y más te preocupas, en lo personal y en lo profesional, más burlas te llevas y más se intentan aprovechar de ti. La gente que en España está contigo a muerte es la misma que estará contigo a muerte en el extranjero cuando la encuentras – no tienen ninguna particularidad aparte de compartir pasaporte o apellido contigo. Ninguna. Lo que pasa es que en España casi siempre las encuentras antes, tienes a mucha gente maravillosa “de serie” a tu alrededor… porque ahí es donde has pasado la mayor parte de tu vida, donde has estudiado, donde te has criado, y es fácil caer en el “nada como la familia”, “ningún amigo como los míos de España” y no pensar en la cantidad de gente con la que no has conectado o con la que te has llevado decepciones enormes a lo largo de todos esos años.
Voy a contar nuestro caso con cierto detalle, para que veáis que el dinero no lo es todo, ni mucho menos, y que sí, que es posible tener mejor calidad de vida fuera de España sin necesidad de que el dinero influya ni de enamorarse perdidamente de un extranjero.
Yo quise irme de España desde que tuve uso de razón, y después de mi primera beca en Inglaterra regresé completamente reafirmada en mi idea. A pesar de que en ese viaje me alojaron con una alcohólica que no me daba de comer y me dejó en la calle en varias ocasiones, vamos, que no estoy hablando de una estancia precisamente idílica. Lo que nunca había sentido en España lo sentí fuera, y supe que fuera estaría mi sitio.
Desde 1999 hasta 2007 estuve entrando y saliendo de España sin parar. Primero con becas, luego a trabajar en vacaciones, de viaje (sola con mi mochila para investigar la vida en el sitio más que para hacerme fotos delante de una iglesia), luego de Erasmus. El mismo día que terminé el último examen de la carrera, con la maleta a cuestas, me cogí un avión hacia Inglaterra, con trabajo buscado desde España. Trabajo en el que me pagaban una miseria, por cierto, menos de lo que cobraba en mi trabajo de Vodafone. Volví cuando se terminó mi contrato de verano, pasé un mes dejando todos los cabos atados definitivamente y me fui para nunca volver. Literalmente. No voy a volver a España. Yo ganaría más dinero en España que aquí, puesto que aquí no puedo trabajar; si siguiéramos viviendo en el Reino Unido también ganaríamos más dinero que aquí, porque tendríamos dos sueldos.
Mi pareja se fue de España sin una oportunidad. Le cerraron las puertas en todas partes (en España no cuenta lo que vales por mucho que lo demuestres) y no lo querían ni de repartidor de pizza. Se fue a Escocia de camarero, y desde allí saltó a Inglaterra para su gran oportunidad, que aprovechó. En España no lo admitían ni en un máster en una universidad de tercera, en Inglaterra le dieron una beca de doctorado en una universidad de renombre. Las cosas fueron en la dirección correcta para él, se dedicaba a lo que siempre se quiso dedicar y de repente lo llamaron de una empresa estadounidense para ofrecerle un puesto justo en lo que le interesaba hacer en ese momento. Él tenía una oferta de trabajo fijo en Inglaterra, donde yo también tenía mi trabajo como autónoma en pleno despegue, pero lo animé a que hiciera la entrevista aquí primero y a que renunciase al otro trabajo y viniese aquí después, mucho antes de que le hicieran una oferta monetaria, porque se trataba de una oportunidad única en su campo. Él tuvo que renunciar a un trabajo fijo, yo tuve que dar de baja mi negocio, despedirme de los clientes que tanto trabajo me había costado conseguir y tuvimos casarnos para poder seguir viviendo juntos. Y tuvimos que irnos de Europa. Ni el matrimonio ni los Estados Unidos entraron jamás en mis planes, nunca. Vinimos sabiendo que sería una temporada dura para nosotros, porque yo no podría trabajar, y lo está siendo, en muchos sentidos. No estamos aquí por el dinero, sino por la oportunidad para mi pareja. Quizá yo también la tenga más adelante, y si no la tengo, volveremos, pero no a España. Si la vida hace que nos tengamos que quedar aquí, seguramente tendremos peor calidad de vida que en nuestra querida Inglaterra o en mi querida Alemania, pero mejor calidad de vida que en España, donde no vamos a volver bajo ningún concepto. Solamente hay dos cosas que me harían romper mi relación con mi pareja hoy por hoy: que quisiera volver a España (yo no volvería por nada del mundo) o que quisiera tener hijos. No hay dinero en el mundo que pueda hacerme regresar a España.